El anciano de la figura es el patológo Thomas Stoltz Harvey. Un hombre que, obstinadamente empeñó toda su vida en la custodia del cerebro de Albert Einstein, una de las mentes más brillantes del siglo XX. La historia que relatamos hoy nos muestra como quien el que intenta saltarse las normas de la ética puede acabar muy mal

Todo comienza en la noche del 17 de abril de 1955 cuando el gran físico Albert Einstein de setenta y seis años es ingresado en el Princeton Medical Center de Plainsboro, Nueva Jersey, Estados Unidos aquejado de fuertes dolores en el pecho. A las 01:15 de la mañana del 18 de abril de 1955 murió y la enfermera de guardia-que no hablaba alemán- no pudo entender el significado de sus últimas palabras y estas se perdieron para siempre. ¿Fueron quizás las mismas la de transmitirle su último deseo? Podría ser, porque una cosa si es segura: Albert Einstein no quería ser enterrado en una tumba y que la misma se convirtiera en un icono mediático por lo que siempre manifestó su voluntad de ser incinerado y que sus cenizas se esparcieran en un río.

Pero sus deseos no se cumplieron porque el día de su muerte estaba de guardia el doctor Thomas Stoltz Harvey de 43 años que era el jefe de patología del Hospital de Princeton. Cuando fue llamado para hacer la autopsia de un cadáver fallecido siete horas antes él pensó que se trataba de un procedimiento de rutina y la identificación de la causa de la muerte le fue muy fácil : se trataba de una aorta reventada (aneurisma de aorta abdominal) pero, para su sorpresa se encontró con que el cuerpo que tenía delante era el cadáver de Albert Einstein.

En aquellos tiempos, una época sin ordenadores ni modernas tecnologías médicas, la única opción para estudiar un órgano consistía en tenerlo, literalmente, entre las manos y Thomas Stoltz Harvey que era un gran admirador de Albert Einstein siempre pensó que el gran físico poseía un cerebro excepcional. Por eso decidió contribuir a los anales de la ciencia facilitando a los investigadores el que pudieran identificar en dónde radicaba la gran inteligencia de aquel personaje. Supongo que esto le pareció un motivo más que suficiente para robar aquel cerebro ya que sin ningún tipo de permiso abrió el cráneo de Einstein y retiró de allí el cerebro del mayor héroe intelectual del siglo veinte.

Thomas Harvey cuando extrajo el cerebro de Einstein

Fuente: Getty images

Aquel patólogo justificó su decisión con estas palabras: “sabía que teníamos permiso para realizar una autopsia y asumí que íbamos a estudiar el cerebro” . Por eso y sin pensárselo dos veces, extrajo el mismo con sumo cuidado, lo pesó y tras tomar varías fotos lo colocó intacto en un frasco con un 10% de formol.

Foto del cerebro de Einstein recién extraído. Fuente: Nature News

La cremación de Einstein tuvo lugar al día siguiente en Trenton, Nueva Jersey, y en una ceremonia secreta, sus familiares y amigos dispersaron las cenizas del genio a lo largo del río Delaware.

Fuente: Depleted Cranium

Pero pronto los reporteros, descubrieron que el patólogo Thomas Harvey había actuado sin ningún tipo de permiso ni derecho legal para sacar el cerebro de Einstein y este hecho salió a la luz. El New York Times publicó en primera plana la noticia de que aquel cerebro había sido extraído supuestamente “para un estudio científico” de la inteligencia del gran físico nuclear y tras conocer esta noticia su hijo Hans Albert, se enteró de que el cuerpo de su padre ya no estaba intacto en el ataúd donde había sido incinerado y al día siguiente de la autopsia.

El Dr. Harry Zimmerman, médico personal de Albert Einstein llamó desde el New York Montefiore Medical Center a Thomas Stoltz Harvey y le pidió que le entregase el cerebro de Einstein a lo que él se negó afirmando que tenía intención de hacer un estudio muy minucioso del mismo y que su hijo Hans Albert le había autorizado telefónicamente para ello. Esto no era cierto porque-como dijimos antes- la reacción inicial de Hans fue la de ponerse furioso al conocer la noticia de que se había torcido la voluntad de su padre de ser quemado sin ninguna ceremonia pero luego, tras meditarlo mejor, recordó que su progenitor en algún momento de su vida, le había comentado que a él no le habría importado el que los científicos usaran su cuerpo para la investigación por lo que finalmente concedió el permiso a Harvey para que estudiase el cerebro de su padre.

Tras este consentimiento retroactivo de la familia del genio, Harvey les prometió que custodiaría su notable reliquia, y que la conservaría para la posteridad, añadiendo que también la protegería de los cazadores de recuerdos y de los buscadores de publicidad. También les aseguró que cualquier investigación sobre el cerebro de Albert Einstein aparecería solo en revistas científicas serias y que él trataría de reunir a los mejores especialistas del mundo con la finalidad de arrojar luz sobre uno de los misterios más grandes de la naturaleza: ¿que hace a un cerebro humano ser mas inteligente?

En los primeros años, tras aquella autopsia Harvey contó con el apoyo del albacea de Einstein, Otto Nathan, y del amigo del físico, el neuropatólogo Harry Zimmerman y su primer trabajo fue el de supervisar la división de aquel cerebro en 240 bloques, que fueron incrustandos en piezas de celoidina, (una forma dura y elástica de la celulosa usada para almacenar muestras biológicas) . También creó 12 series de 200 diapositivas que contenían muestras de tejido indexadas a los bloques y las mismas fueron entregadas-según lo prometido- a lo más granado en aquel entonces de la neuropatología de los años cincuenta: el Dr. Zimmerman (que originalmente había pedido que le devolviesen aquel cerebro), el Dr. Sidney Schulmau (destacado neurólogo de Chicago) y diversos centros universitarios especializados en neuroanatomía de Alemania, China, Japón y Venezuela.

Diapositivas del cerebro de Einstein en una exhibición de la Wellcome Collection de Londres, 2012. Fuente Getty Images

El director del hospital de la Universidad de Princeton, y jefe de Harvey el Dr. John Kauffman, lo apoyó en un principio pero pronto se encontró con un problema legal entre diversas instituciones y como aquella disputa parecía no terminar decidió pedirle a Harvey que le entregase lo que aún le quedase del cerebro de Einstein, pero este, en lugar de obedecer, colocó los trozos de cerebro en dos jarras de tupperware y se los llevó al sótano de su casa de Princeton.

Y en los siguientes 30 años Harvey estuvo vagando por los Estados Unidos, con aquel cerebro que ocultaba en refrigeradores de cocina o de hoteles y con el mismo a cuestas comenzó su declive. No tuvo éxito porque fueron pocos los investigadores interesados en estudiarlo e incluso el doctor Harry Zimmerman, que era poseedor de casi la sexta parte de aquel cerebro no encontró nada inusual en el mismo. A mayor abundamiento los escasos investigadores que respondieron a la petición de los análisis manifestaron que aquel cerebro no era muy distinto de otros cerebros normales, lo que reflejaba-al menos en parte-el primer resultado que obtuvo Harvey cuando tras pesar el cerebro de Einstein, descubrió que pesaba 1.230 gramos, lo que estaba en el límite inferior del rango de peso normal para los hombres de la edad de aquel gran físico.

Aún así Harvey no se convenció y siguió esperando a que aparecieran otros estudios que mostrasen diferencias dignas de un hombre excepcional y siguió proclamando, año tras año, que pronto publicaría resultados. De lo que no tenía ni idea era de que la celebridad de Einstein terminaría por engullirlo y que lo arrastraría los 43 años siguiente de su vida.

Meses después de sus autopsia, Harvey fue despedido del hospital de Princeton por negarse a entregarles su precioso espécimen y tras perder su trabajo también perdió su matrimonio, ya que su mujer lo amenazaba con tirar aquel órgano por lo que tuvo que optar por llevarlo desde entonces siempre consigo. Cuando un año después ella le pidió el divorcio, se marchó de Princeton y se fue a trabajar como supervisor médico en un laboratorio de pruebas biológicas de Wichita, Kansas.

Allí fue localizado en 1978, por un joven reportero, del New Jersey Monthly, llamado Steven Levy que fue a entrevistarlo y él le confirmó que toda la investigación realizada hasta entonces sobre el cerebro de Albert Einstein estaba dentro de los límites normales para un hombre de la edad del físico y cuando Levy le pidió ver aquel cerebro él sacó bajo un enfriador de cerveza una caja de sidra Costa Cidra en donde guardaba sus frascos de cristal con los restos que aún conservaba del mismo.

Foto aportada por Steven Levy en su reportaje, Fuente Getty images

El reportaje de Levy titulado I found Einstein’s Brain (“Encontré el cerebro de Einstein”) en el New Jersey Monthly batió todos los récords de venta y tras el mismo Harvey recibió una discreta fama e incluso la revista Science lo convirtió en una extraña celebridad. Fue entonces cuando comenzaron a llegarle nuevas peticiones de muestras de su posesión solicitadas por otros investigadores que él las mandaba en pequeñas piezas que cortaba con un cuchillo de cocina que solo utilizaba para ello. Las enviaba por correo postal en frascos de mayonesa Kraft Miracle Whip que ingería de manera compulsiva.

Con esto solo consiguió hacer más pequeño el trozo de cerebro de Einstein que conservaba pero no salió ningún resultado de los estudios que mostrasen la causa de su genio y varios años después Harvey se mudó a Weston, Missouri, donde siguió practicando la medicina mientras intentaba estudiar lo que le quedaba del cerebro de Einstein en su tiempo libre. Finalmente, perdió su licencia médica en 1988 tras un examen fallido y terminó en 1994 trabajando en Lawrence, Kansas, en una línea de ensamblaje de una fábrica de plástico.

Harvey trabajando la fábrica en 1994. Imagen extraída de la película documental de la BBC

Allí conoció a un vecino suyo, el poeta William Burroughs, ante quien se ufanaba de tener un trozo del cerebro de Einstein y tras casi 40 años desde su “famosa auptosia” Harvey aún seguía contando historias sobre el cerebro de Albert Einstein y se ofrecía o enviar fragmentos del mismo a cualquier investigador del mundo que se lo pidiera .

Regresó a Princeton, en 1997 donde un escritor de nombre Michael Paterniti lo encontró durmiendo en una cama plegable guardando lo que le aún le quedaba del cerebro del gran físico en un frasco de vidrio. Paterniti lo convenció para que se lo devolviera a Evelyn la nieta de Albert Einstein relatando el viaje en su libro Driving Mr.Albert (“Conduciendo al Sr. Albert”) en el que Paterniti describe a Harvey como un hombre excéntrico, con voz retumbante y el extraño hábito de reírse en los momentos más inapropiados.

Con él como conductor, aquellos dos hombres partieron con el cerebro de Einstein en el maletero del coche para visitar a Evelyn que vivía en Berkeley, California a casi cinco mil kilómetros de New Jersey. La extraña pareja formada por Paterniti y Thomas Harvey (que ya tenía 84 años) iba parando en hoteles baratos, y en cada parada Harvey sacaba ceremoniosamente una bolsa de lona, con un tupperware que contenía los restos del cerebro de Einstein y lo depositaba junto a su cama, no perdiéndolo nunca de vista. Tras un viaje de 10 días, por fin llegaron a donde vivía la nieta de Einstein, y tras celebrar una cena con ella, Evelyn decidió finalmente no quedarse con los restos del cerebro de su abuelo.

Thomas Harvey en 1994 con el cerebro de Einstein en un frasco de su cocina, 1994. Michael Brennan/Getty

Tras 42 años con el cerebro de Einstein a cuestas Harvey, ya con 85 años, fue filmado por la BBC que realizó un documental sobre la vida del patólogo y en donde nos lo mostraron como un octogenario vagando por el sótano de su casa con un frasco donde conservaba lo que aún le quedaba de “su tesoro”. Al final todo terminó en el mismo sitio donde la historia había comenzado cuarenta y cinco años antes y en 1998, Thomas Harvey entregó los 170 trozos de cerebro que aún mantenía en su poder al Dr. Elliot Kraus, patólogo principal del Centro Médico Universitario de Princeton en Plainsboro.

Harvey falleció el 5 de abril de 2007 a la edad de 94 años en Titusville, New Jersey, U.S y cinco años después, sus herederos donaron al Museo Nacional de Salud y Medicina de Maryland, un amplio conjunto de fotografías y diapositivas microscópicas. Hay otro lugar del mundo donde se pueden ver piezas del cerebro de Albert Einstein y es el Museo Mütter de Philadelphia que las recibió de distintas fuentes.

Es imposible saber desde aquel lejano mes de abril de 1955 cuantos trozos había cedido Harvey del cerebro de Einstein por lo que es factible pensar que hay un número desconocido de personas en el mundo que aún guardan en su casa una pequeña porción del cerebro del genio que dedujo la ecuación de la física más conocida en el planeta.

Pese a todo, el estudio del cerebro de Einstein no llegó a ninguna parte y quien quiera saber mas sobre este tema puede leer este estupendo reportaje de la BBC titulado The strange afterlife of Einstein’s brain en donde puede verse que no se han obtenido resultados significativos pero Thomas Harvey arruinó su vida por quedarse con aquel cerebro aunque cumplió la promesa que le hizo a su hijo Hans Albert de no venderlo ni nunca dejó de tratar de encontrar investigadores dispuestos a estudiarlo.

La moraleja de esta historia es parecida a la sinopsis de aquella novela de Joe Hill que se titula “El traje del muerto” cuando dice aquello de:

Tarde o temprano los muertos te alcanzan

Fuentes;

Michael Paterniti , Driving Mr. Albert: A Trip Across America With Einstein’s Brain (G K Hall & Co, December, 2000)

Carolina Abraham, Possessing Genius: The Bizarre Odyssey of Einstein’s Brain (St Martins Press, March, 2002)

Acerca de mrjaen

La curiosidad es lo que me mueve a escribir

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