El arsénico (As), es el elemento número 33 de la tabla periódica, y es un metaloide ubicuo de origen natural que está presente en el aire, el agua y la tierra pero su variante más dañina, el arsénico inorgánico, es una de las sustancias más tóxicas del mundo porque una vez ingerido, el cuerpo humano lo asimila con gran rapidez y del aparato digestivo pasa al torrente sanguíneo, desde donde se distribuye por todos los órganos.

Su efecto tóxico se produce porque actúa mediante su unión con los grupos tiol -SH de las proteínas, deformando su estructura y alterando las membranas celulares con lo que modifica su permeabilidad. Esto ocasiona una fuerte variación de las concentraciones iónicas de sodio y potasio, y con ello se altera el estímulo nervioso. Además interfiere en el metabolismo de la glucosa y al ser un elemento de la misma familia que el fósforo, es capaz de suplantarlo en los fosfatos inhibiendo los enzimas oxidativos y desacoplando la síntesis del ATP, que es la base energética de la actividad humana.

La muerte sobreviene por un colapso cardiovascular y un shock hipovolémico y los efectos de una ingestión de arsénico incluyen la constricción de la garganta, dificultad para tragar, vómitos, diarrea y calambres musculares llegándose a un colapso circulatorio de coma y muerte. Con solo 0,15 gramos de arsénico se puede acabar con la vida de una persona de 75 kilos y por eso este veneno tuvo un uso muy extendido con fines criminales durante la Edad Media llegando a ser conocido como el “polvo de sucesión”.

En la Edad Media era un veneno muy difícil de detectar ya que por aquel entonces, las pruebas para descubrir un envenenamiento se basaban en la observación de las anomalías en la coloración del cadáver y de su putrefacción. Los síntomas de un envenenamiento con arsénico eran fácilmente confundibles con los producidos por algunas otras enfermedades infecciosas y por eso se empleó masivamente en aquellos tiempos y se llego a la sublimación en ciertos procesos de envenenamiento con personajes como aquella envenenadora siciliana llamada Toffana, a la que se le imputa la muerte de casi 600 personas ‐entre ellas las de los papas Pío III y Clemente XIV‐ con una preparación conocida como ‘Acqua Toffana’ que estaba constituida por arsénico y cantárida embotellados en frascos y cuya presentación las asociaba con propiedades curativas.

También hubo otros ‘envenenamientos creativos’ como el de Ladislao (1414), rey de Nápoles, de quien se dice que recibió el veneno al mantener relaciones sexuales con una mujer que, previamente se había inmunizado ella misma tomando pequeñas dosis progresivas de arsénico y una vez conseguido esto se introdujo en su vagina un algodón impregnado con este veneno.

El dudoso honor de ser llamada reina del arsénico se atribuye a Catalina de Mèdicis que usó su imaginación para asesinar a su yerno Enrique IV añadiendo este veneno a un tomo de cetrería (práctica a la cual la víctima era muy aficionada). Lamentablemente para ella aquel libro fatídicamente cayó en manos de su propio hijo, pero la idea de utilizar arsénico oculto entre las páginas de un libro ya se nos cuenta en ‘Las mil y una noches’ que es una recopilación medieval en lengua árabe de cuentos tradicionales del Oriente Medio, cuando el rey Yunán muere envenenado por un libro cuyas páginas encuentra pegadas y al mojarse los dedos para abrirlas, recibe el veneno.

Sobre esta idea desarrolló Umberto Eco su famosa novela “El nombre de la rosa “ que dio origen a una famosa película en la que se nos presentaba una época del contexto medieval del siglo XIV, en donde la Medicina y la Farmacia seguían la doctrina galénica marcada por una fuerte influencia religiosa.

En este film el fraile Guillermo de Baskerville y su aprendiz Adso de Melk tratan de resolver las misteriosas muertes de todos los frailes que habían accedido a un libro llamado “Tratado de la Risa” de Aristóteles. Se trataba de un libro considerado prohibido en aquel monasterio y tras una audaz y exhaustiva investigación ellos descubren que los monjes morían porque las páginas de aquel libro contenían arsénico aplicado a las zonas donde el lector cogía el volumen y al mojarse los dedos con la lengua para pasar las páginas las partículas del veneno se pegaban a sus manos y este era ingerido por el lector quedando fulminado.

El libro prohibido. Film Affinity

El monje Berengario ahogándose tras tocar el libro prohibido. Film Affinity

Actualmente el arsénico ya no se usa con fines crimínales porque es muy fácil de detectar con técnicas de análisis químico forense desde que el médico y químico menorquín Mateo José Buenaventura Orfila (1787‐1853) advirtió que este elemento formaba un precipitado de distinta coloración según se asociase con sustancias orgánicas o inorgánicas pero pese a ello ha seguido matando por azar a mucha gente y por eso puede ser llamado con propiedad: “el veneno silencioso”.

El caso de los libros envenenados ya no es una ficción porque este veneno se ha encontrado en libros reales. Los investigadores Jakob Povl Holck y Kaare Lund Rasmussen de la University Southern de Dinamarca lo encontraron en tres libros de los siglos XVI y XVII firmados por Polydorus Vergilius, Johannes DubraviusGeorg Maior que presentaban la extraña rareza de estar escritos en un raro latín cuya grafía no se podía identificar debido a un tinte verduzco que opacaba la escritura.

Uno de los libros envenenados

En la página web The Conversation se desvela cómo ese grupo de investigadores pudo detectar la alta concentración de arsénico en las portadas de estos libros mediante la realización de una serie de análisis de fluorescencia de rayos X (micro-XRF). Como los libros antiguos ahora se manejan con guantes la cosa no llegó a más pero aquel pigmento verde de las cubiertas de esos libros resultó ser un compuesto conocido como verde de Scheele el primer tinte sintético, de un bonito color verde inventado por un químico sueco llamado Carl Wilhelm Scheele en 1775.

La ropa del pasado era aburrida, y de colores pardos ya que extraer los tintes para colorearla era caro y laborioso. La materia colorante debía de extraerse de raíces, tallos, hojas y flores de distintas plantas o de ciertos insectos y moluscos, pero por medio de una serie de complejos procesos William Perkins Scheele inventó un método para obtener un tinte barato llamado “verde de Scheele”.

Hasta entonces el verde se extraía de la malaquita pero aquel nuevo pigmento era mucho más llamativo y brillante y encandiló a pintores y artistas de la época. Del “verde de Scheele” surgió un bonito verde esmeralda denominado ‘verde París‘ que fue un intento posterior de mejorar aquella mezcla consiguiendo un tono duradero que no se oscurecía y en la época victoriana aquel color causó furor y se usó masivamente en los papeles pintados que decoraban muchas estancias, y en el teñido de mucha ropa.

En realidad aquel color verde estaba compuesto fundamentalmente por arsénico (su composición era arsenito ácido de cobre CuHAsO3) cuya toxicidad ya era bien conocida en aquella época. Por eso se comercializaba con la advertencia de peligro en los botes de tinte y pintura pero esto no detuvo la moda de usarlo por una asunción errónea del peligro del arsénico que llevaba. Se pensaba que el mismo solo era peligroso solo si se ingería y ¿ quien iba a lamer las paredes de su casa o chupar el forro de su vestido?

El ‘verde Paris ‘ derivado del “verde de Scheele

Pero lo que la gente no sabía era que la humedad del ambiente extraía el arsénico de aquel compuesto y lo hacía pasar al estado gaseoso. Así los moradores de las casas y las damas victorianas con sus hermosos vestidos verdes morían ‘a cámara lenta’ al respirar la nube tóxica que los rodeaba.

Aquel tinte no solo afectó a Inglaterra, sino que hasta al mismísimo Napoleón Bonaparte murió por su culpa, al mandar forrar las paredes de su casa de Santa Elena con aquel ‘verde maldito’ .Fue tal la cantidad de muertes que se produjeron en Londres, que la Reina Isabel I, asustada, ordenó eliminar el papel verde de todas las salas del palacio de Buckingham tras enterarse de las cualidades letales de aquel “veneno silencioso”.

En la segunda mitad del siglo XIX, aquella variante verde del arsénico dejó de usarse como pigmento pero siguió empleándose como pesticida para las tierras de cultivo y algún curador de libros antiguos debió decidir usarlo en aquellos tiempos para proteger los mismos contra los insectos y parásitos bibliófagos que devoran literalmente sus páginas. Esta sería, posiblemente la explicación más plausible de la presencia de arsénico en aquellos libros de la University Southern de Dinamarca

Pero nuestro “veneno silencioso” sigue activo porque la producción industrial de aquel “verde Paris” se inició en Europa a principios del siglo XIX y los pintores impresionistas y postimpresionistas utilizaron diferentes versiones de este pigmento para crear algunas de sus vívidas obras maestras. Esto significa que muchas piezas en los museos contienen hoy en día este veneno y el arsénico solo va perdiendo sus propiedades venenosas con el paso de .. los siglos.

Fuentes

Jakob Povl Holck & Kaare Lund Rasmussen, This University Library Discovered Three of Its Books Were Poisonous.

The Arsenic Century. James C Whorton

Kathryn Hughes’s The Short Life and Long Times of Mrs Beeton.Harper Perennial.

Jiménez MR, Kuhn GR. Toxicología fundamental. Madrid: Díaz de Santos; 2009.

El nombre de la rosa (1986). FilmAffinity [Internet]. [Consultado el 5 de noviembre de 2018].

How we discovered three poisonous books in our university library. Jakob Povl Holck, Kaare Lund Rasmussen, University of Southern Denmark

Acerca de mrjaen

La curiosidad es lo que me mueve a escribir

»

  1. Juan Palou Navarro dice:

    El arsenico se combina con la queratina de las uñas y del cabello donde es facilmente detectable.

  2. jabakuku dice:

    Reblogueó esto en crist49ily comentado:
    Excelente excelente !!Me gusta muchisimo! Muchas gracias!!

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