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Para que exista música primero hay que ordenar los sonidos, ya que estos abarcan una enorme variedad de vibraciones del aire; un murciélago lo puede hacer vibrar hasta 120.000 veces por segundo y una rana al croar a 50 periodos por segundo y, como ya sabemos, nuestro oído sólo dispone de capacidades para escuchar las frecuencias comprendidas entre los 20 y los 20.000 periodos por segundo; la música, sólo aprovecha un porcentaje muy bajo de todo ese potencial de sonido audible.

Como la música tiene la importante función social de hacer feliz a la gente, los instrumentos musicales se construyeron para conseguir obtener vibraciones armónicas, que dentro de los márgenes de la capacidad auditiva del ser humano, le provocasen al mismo esas “sensaciones placenteras” en su oído . Lo mejor de todo es que ningún instrumento produce una nota absolutamente pura y si medimos con un osciloscopio las vibraciones sonoras de diversos instrumentos musicales, obtendremos oscilogramas diferentes aunque toquen “la misma nota” y la reproduzcan a igual volumen. Veamos las vibraciones de tres instrumentos-de los llamados “de viento“- y comprobaremos el por qué da cada uno una música diferente.

1.- Una flauta produce vibraciones con un trazo suave, pero asimétrico

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2.- Un clarinete produce un dibujo ondulado pero bien dentado de armónicos

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3.- Un oboe nos presenta un accidentado oscilograma con vértices armónicos

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Y son precisamente, estas diferencias en la manera en que hacen vibrar el aire estos tres instrumentos, lo que nos dan sus “matices musicales“. Veámoslo en unos vídeos

1.- La flauta nos da un sonido claro y timbrado

2.- El clarinete nos da un sonido completo y profundo

3.- Y el oboe nos da un sonido con un inconfundible tono nasal..

Gracias a esa capacidad de producir “sonidos distintos“, si mezclamos diferentes instrumentos musicales obtenemos la orquesta sinfónica con su infinita riqueza de sonidos y quiero que hagamos un pequeño viaje sobre su creación. Este artículo lo dividiré en dos partes. En este primero hablaré de sus orígenes y en el próximo nos centraremos en analizar detalladamente, como se estructura la misma.

El instrumento musical más antiguo que se conoce fue encontrado por un grupo de científicos en una cueva del sur de Alemania; se trataba de una especie de flauta hecha con huesos de aves y marfil de mamut con una antigüedad que se dató entre los 42 y los 43 mil años.

La canción más antigua de la historia parece ser que fue un himno sumerio escrito hace unos 3400 años, y está registrada en una tablilla de arcilla del siglo 14 a. E. C. ; fue descubierta en la década de los años 50, en la ciudad de Ugarit, una región de la antigua civilización de Sumeria.

La música es tan antigua como el hombre y en antiguas pinturas rupestres ya se nos muestran a seres humanos bailando, pero el camino para su desarrollo lo tuvieron que hacer nuestros antepasados en pasitos cortos y- seguramente- apoyándose por los propios “sonidos de la naturaleza“.

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La primera melodía debió seguramente construirse con una sola nota; tal vez se intentaba acompañar a una voz cantante con el golpeteo de un hueso, un tronco o con algo resonante. Después vino la incorporación de una segunda nota, justo a un intervalo bajo la primera (un intervalo natural de la música que se define como “tercera menor” ) y posiblemente se descubrió al oír el canto de los pájaros (porque así es como canta el cuco). La tercera nota fue incorporada al añadir la misma sobre la nota principal a un intervalo menor y seguramente la descubrió el hombre al cantar porque las notas más alta exigen una mayor tensión de las cuerdas vocales. Con esto ya se tenía la base, para empezar a construir las melodías sencillas llamadas “de tres notas”.

Los primitivos instrumentos melódicos, fueron también evolucionando paralelamente a esa “música vocal“, apoyándose en las tres primeras notas básicas. El avance final, se consiguió cuando se añadieron dos notas más a esas tres primeras: una “por arriba” y otra “por abajo”. Así fue como el hombre creó la llamada escala de cinco notas (que equivale a las que nos dan las teclas negras del piano) y que se denomina “escala pentatónica“. Esta escala es la base de toda la música y en la actualidad muchas culturas orientales, aun la usan para sus melodías y también forma parte de los espirituales negros y de la música escocesa.

Pero el descubrimiento de lo que llamamos “armonía”, ya tuvo una evolución más lenta. Como siempre todo debió empezar en el antiguo Egipto. Aquella música aún se puede identificar en los ochos tonos salmódicos del “canto gregoriano” que parecen estar basados en antiquísimos cantos de la Sinagoga judía, y se dice que los mismos se inspiran en las viejas salmodias del pueblo egipcio. Aquella música, era tocada por los antiguos egipcios en las ceremonias de “jubileo” de los faraones, en los festivales de Tebas y en los templos de Karnak y Luxor, y era ejecutada con unos instrumentos que se muestran en las pinturas de sus templos. Repasemos los mismos.

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Los más antiguos eran los llamados “idiófonos” («los que suenan por sí mismos») y consistían en una especie de sonajeros de cerámica con forma de fruto o huevo, que al percutirse movían unas semillas de su interior. El sonido se producía por la vibración del propio instrumento, sin usar cuerdas, membranas o columnas de aire. Luego estaba el “sistro”, dedicado a la diosa Hathor, con forma de aro o de herradura, consistente en unos platillos metálicos insertados en varillas que se hacían sonar por agitación. El tercero se llamaba “menat“ y era un contrapeso metálico; después venían los “crótalos”, que eran una especia de castañuelas formadas por diminutos platillos de bronce, anudados por tiras de cuero a los dedos pulgar y medio y que se hacían sonar por el entrechocar de los dedos con un gesto similar al de pellizcar.

Finalmente estaban los “aerófonos”, que estaban hechos con conchas y cuernos y que funcionaban por la vibración del aire al soplar; la “flauta faraónica” que tenia unas medidas que se regían por el codo egipcio de 45 cm (uno o dos codos de largo) con tres o cuatro agujeros que se tapaban con las falanges y que producían un sonido claro en los agudos y tenue en los graves (muy parecido a la voz humana) y los llamados “clarinetes dobles” que producían un ruido ronco y áspero pero muy penetrante; los “oboes de lengüeta doble”, las “trompetas” (relacionadas con Osiris y la resurrección) y el instrumento rey que eran las grandes “arpas egipcias ”.

Al utilizar instrumentos de distintos tamaños, los egipcios, producían sonidos de “altura diferente” (distantes tal vez dos octavas o más) y eso nos hace pensar que ya debían de tener algún tipo de armonía porque se sabe que se guiaban en sus melodías con la acentuación de tambores, dando el “bit” (también llamado tiempo) con el pie. Lamentablemente como este pueblo carecía de notación musical, no podemos reproducir al cien por cien todas sus melodías.

Después de Egipto la música pasó a la antigua Grecia y desde allí nos llegaron obras de Arquiloco, Safo y Anacreonte que nos muestran que la misma ya estaba influida por la música egipcia. Roma también copió la música griega y escritores como Suetonio y Petronio nos cuentan que allí iban cantantes y músicos desde Grecia

Tras aquellos tiempos, el despegue musical, tuvo que sufrir un “parón” que duró hasta el año 1000 d.d. C. y en esa época ya se empezó a desarrollar el llamado “sistema manuscrito” para escribir música. El mérito podemos adjudicárselo a Guido d´Arezzo que inventó el sistema de notación de sol-fa (empleado todavía) y hacia el siglo XIII ya podemos ver las primeras notas sobre un pentagrama.

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En el Renacimiento, en los siglos XV y XVI ya empieza a generalizarse la “música escrita” y los nobles ricos crean sus propias bandas musicales. Era una música que se tocaba en casas con pisos de madera y paredes de piedra, con ausencia casi total de revestimientos blandos, por lo que en aquellas habitaciones había mucha resonancia y los tonos suaves no se perdían. Así es como se apreciaba la riqueza de sonido de los instrumentos llamados de “cuerda gruesa” que producían sonidos graves y suaves.

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Entre los mas característicos de aquella época encontramos el “laúd”, el “chitarrone”, las “violas” y las “zanfonas” así como otros de teclado como el “clavicordio” y el “clavecín”. También se usaban instrumentos de viento de lengüeta doble como la “flauta dulce”, el “cromorno”, la “corneta” y el “caramillo” , pero
en aquellos tiempos aún no se había estudiado la instrumentación en serio y el arte de combinar adecuadamente “la voces” de los distintos instrumentos. Las casas reales de Europa contrataban a compositores para que les escribiesen piezas con las que amenizar sus fiestas, pero aún no existía lo que realmente llamamos “orquesta“.

El concepto de “sinfonía orquestal” se empezó a intuir cuando Jacopo Peri hacia el año 1600 escribió una ópera pastoral llamada “Eurídice” en la que ya se hablaba de “sinfonía” refiriéndose a una sección puramente instrumental de la misma. Más tarde Claudio Monte-Verdi puso el germen de lo que sería la orquesta sinfónica futura en su ópera “L´Orfeo” porque en la misma indicaba que la partitura debía tener un grupo de ejecutantes formado por treinta y seis maestros músicos con violines, violas, cellos, un contrabajo, dos claves, dos órganos de concierto, una odo arpa, tiorbas, cornetas, trompetas y sacabuches (todos ellos instrumentos del periodo renacentista).

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A partir de entonces se produjo un cambio de mentalidad radical: se abandonaba la “polifonía” de distintas voces”, y se cambiaba por el cultivo de una única línea melódica, la llamada “monodia acompañada“. Monteverdi dejaba a un lado el antiguo “recitar cantando” e iniciaba el interés por la música instrumental, que se iría desarrollando en sonatas y sinfonías en los años venideros.

El compositor de la corte de Luis XIV, Jean Baptiste Lully (1632- 1687) fue el primero que tuvo el honor de ser considerado como el primer director musical conocido, Lully dirigía sus composiciones con una orquesta de cuerda real que se llamaba “Les vingtquatreviolons du Roy” y golpeaba el suelo con un bastón para escuchar el golpe o el acento musical (así los músicos podían seguir “el tempo” de su música). Con Lully, se inició una contribución esencial para la orquesta moderna: el cambio de la viola por el violín con una sección de arcos que fue aceptada como la columna vertebral de cualquier orquesta.

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El siglo XVII, es llamado como “el periodo barroco” y en el mismo ya se nos empieza a presentar a orquestas en las que los compositores dirigían a sus grupos instrumentales sentados frente a un clavicordio o un órgano, ejecutando desde allí, la parte del “bajo continuo” y marcando los tiempos y las entradas del resto de la orquesta. Estos primitivos directores no se colocaban frente a los músicos, sino que “ellos mismos eran parte del conjunto musical”, usando las palmas de las manos o golpeando el suelo con grandes bastones. Se trataba de una dirección totalmente “acústica”.

La estructura de una orquesta típica de aquellos primeros tiempos era la que los alemanes llamaban “kapellmeister” (ver figura siguiente). En la misma el director (1) se sentaban en un clavecín u órgano situado en medio de los músicos, dirigiendo desde allí a los instrumentos que lo rodeaban. En aquella orquesta se situaban un clavecín acompañante (2) y un conjunto de instrumentos formatos por cellos (3) , contrabajos (4) , violines (5, 6) , oboes (7) , flautas (8), violas (9), fagotes (10) y trompas (11) con una plataforma donde se colocaban a un lado trompetas y a otro timbales (12)

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El espíritu del siglo XVII continuó hasta mediados del siglo XVIII (época de Bach y Händel). En medio del siglo XVIII la orquesta de Mannheim, dirigida por Johann Stamitz evolucionó hacia algo similar a lo que es la orquesta de hoy. Aquella orquesta fue el grupo más brillante de Europa aunque su composición apenas era la mitad de lo que hoy en día es una orquesta sinfónica. No obstante el desarrollo de formas musicales cada vez más extensas y complejas, como “la sinfonía“, que desarrollaron Haydn y Mozart hizo que la orquesta aumentara su complejidad, llegando hasta el siglo XIX que es cuando las dimensiones de las orquestas sinfónicas y de las composiciones crecieron enormemente. Con la sinfonía “Heroíca”, Beethoven hizo todo lo que se podía hacer sinfónicamente en una orquesta. Además se iniciaron otros adelantos técnicos en el campo de la construcción de instrumentos de metal y de madera y entraron en la orquesta instrumentos nuevos como las arpas, los saxofones, las tubas y novedosos sistemas de percusión.

Fueron muchos los compositores del XIX que se colocaron delante de la orquesta para dirigir sus obras. Podemos citar como ejemplo a Carl María Von Weber, Félix Mendelssohn, Franz Liszt, Louis Spohr o Johannes Brahms. Además, estos compositores-directores entendieron que la dirección de una orquesta era “una ciencia que debía estudiarse” y Richard Wagner y Hector Berlioz escribieron sendos manuales sobre “El arte de la dirección orquestal”. Anécdotas de directores de orquesta hay muchas. Gustav Mahler fue un director despótico que incluso rehacía la partitura sobre la marcha, si en la sala oía algún un murmullo o un ruido, La antítesis de Mahler fue Richard Strauss, que dirigía con suavidad. .

Y terminamos por hoy en siglo XIX que es cuando se consolidó lo que llamamos la orquesta sinfónica moderna, gracias a músicos que no se conformaron con las reglas que regían en su tiempo. Richard Strauss en 1898 escribió su obra “Vida de Héroe”, y en la misma incorporó un masivo conjunto de arcos, añadiendo además de un flautín, tres flautas, tres oboes, un corno inglés, un clarinete en mi, dos clarinetes en si, tres fagots, un contrafagot, ocho trompas, cinco trompetas, tres trombones, dos tubas, timbales y bombos redoblante, caja de platillos y dos arpas.

La orquesta sinfónica ya estaba “madura” y fue evolucionando a medida que los compositores complicaban sus melodías” y experimentaban “sonoridades nuevas“. En mi próximo post os contaré más detalles sobre su composición.

(continuará)….

Fuentes:

Los grandes compositores. Javier Vergara editor.Brandt. P. (1958)

Ver y comprender el arte. Editorial Labor., S. A.

Diccionario de la música vol. VIII España: Sociedad general de autores y editores Schoenmber C. H. (1987)

El estudio de la orquestación Barcelona: Idea books.Waltershausen. H. W. (1996)

El Gran libro de la música. Sarpe Editores (1990)

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