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La seducción siempre ha sido “un arte femenino” pero en la antigüedad, las damas no disponían de cirujanos plásticos para hacerse retoques o aplicarse pinchazos de bótox, por lo que tuvieron que usar “trucos” para realzar su belleza. Esta es una pequeña historia de sus “recetas de seducción

En la Antigüedad

En las paredes de algunas cuevas se ha podido comprobar que las mujeres del paleolítico teñían su anatomía y se embadurnaban el pelo con arcilla. En las excavaciones realizadas en Ur (Sumeria) se ha descubierto la tumba de una reina llamada Shub-Ad de de 5000 años antes de Cristo a la que enterraron con numerosos utensilios de belleza y en las tablillas de su tumba también se describen fórmulas para preparar ungüentos y aceites de belleza

Los griegos incorporaron la importancia del cuidado por la belleza y en tiempos de Hipócrates (460-370 a.C.) ya se recomendaban los baños aromáticos y los masajes diarios. Las mujeres griegas pudientes coloreaban sus caras con polvo de oro, y como la moda entonces era presentar una tez pálida, lo conseguían mezclando albayalde con cera, aceite y clara de huevo; maquillaje que daba a sus rostros una palidez vistosa, pero con un alto precio ya que el plomo del albayalde al ser absorbido por la piel les provocaba trastornos digestivos, dolores de cabeza y en ocasiones hasta la ceguera.

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Con los egipcios la cosmética alcanzo un gran esplendor. Las mujeres egipcias se maquillaban, varias veces al día, se depilaran las cejas y se pintaban una línea continua de khol negro que recorría sus ojos desde la zona del entrecejo. Sus médicos y físicos escribieron largos tratados de belleza y maquillaje y en el llamado “Papiro Ebers”, perteneciente a la Dinastía XVIII en el año 8 del reinado de Amenhotep (adquirido en 1872 por el egiptólogo alemán George Moritz Ebers a quien debe su nombre) ya se encuentra la receta de un exfoliante hecho a base de polvo de alabastro, sal del Bajo Egipto y miel y también menciona una crema contra las arrugas compuesta por incienso, cera, aceite de moringa y ciprés. En unas excavaciones llevadas a cabo en las pirámides, se descubrió la tumba de la reina Mit- Hotep donde se encontraron numerosas vasijas y completísimas cajas de maquillajes y afeites, junto con tarros en los que aún perduraban ungüentos,

Pero fue Cleopatra, la legendaria reina de Egipto, que hizo perder la cabeza a dos curtidos romanos como César y Marco Antonio, la que hizo de la belleza todo un ritual. Por la mañana sus doncellas le llevaban a la cama, pequeños trozos de carne de ternera para aplicarlos a su rostro antes de levantarse; luego se lo lavaba con el jugo de un manojo de puerros con tres cucharadas de leche de cabra y un puñado de azúcar y después aplicaba al mismo una mascarilla hecha con el jugo de dos cebollas de lirio blanco batidas con sesenta gramos de miel blanca y veinte gramos de cera blanca fundida. Se maquillaba los ojos cortando las puntas de sus pestañas, aplicándoles aceite de almendras y terminándo con una sombra en los párpados superiores de color azul hecha con lapislázuli molido, y otra de malaquita en los parpados inferiores. Las pestañas y las cejas las oscurecía con un polvillo de sulfuro de plomo mezclado con grasa de carnero y los labios se los pintaba con ocre rojo (que también usaba para dar rubor a sus mejillas). Finalmente como barniz de uñas usaba tinte de alheña, previamente espesado con cato, sustancia extraída de diversos árboles, entre ellos la acacia.

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La reina Nefertiti usaba como cremas limpiadoras aceites vegetales mezclados con polvo de piedra caliza y hacía uso de tónicos para la piel y el pelo formados por leche de burra, harinas, levaduras, miel, arcilla y aceites, Como desodorante corporal usaban incienso o mirra entre sus ropas.

Roma heredó de las culturas egipcia y griega el arte del cuidado personal. Allí aparecieron los “cosmetriae“, que eran unos esclavos a cargo de los servicios de tocador, y las “ornatrices“, otra especie de sirvientas especializadas en belleza y peluquería. Las mujeres romanas ya hacían uso de un producto utilizado actualmente en cosmética, que es la lanolina y endurecían sus pechos con vinagre, arcilla y corteza de encina macerada en limón. Como suavizante de la piel empleaban fórmulas a base de extractos de limón, rosa y jazmín, y la piel seca y las arrugas las combatían con cera de abejas, aceite de oliva y agua de rosas y se blanqueaban los dientes con piedra pómez en polvo. Popea, segunda esposa del emperador Nerón en el siglo I después de Cristo usaba un maquillaje hecho de minio que se aplicaban por la noche y un emplasto facial hecho de masa y leche de burra para contrarrestar los efecto del colorete.

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Pero como el jabón sólido no era conocido en Grecia, Egipto y Roma para desprenderse del “mal olor corporal” se empleaban esponjas empapadas en sustancias abrasivas como la raíz de la saponaria, la sosa, o la ceniza de haya o bien se usaba la piedra pómez

Edad Media

Al principio de Medievo, los clérigos, pensaban que el “buen olor” debería de reservarse a los santos (olor a santidad) y así, Prudencio y Paolino de Nola (siglos IV-V) nos reportan en sus escritos el uso de bálsamos y perfumes sobre las tumbas de los santos, cuyos cuerpos han sido embalsamados. En aquellos tiempos la pobreza, las guerras y las epidemias produjeron un abandono al culto al cuerpo porque hacerlo era considerado como un pecado y los sacerdotes católicos denunciaban el uso de los cosméticos por lo que suponían de manifestaciones de “exhibicionismo y narcisismo”. En el poema amatorio alegórico, “Román de la Rose” un escrito de Guillaume de Lorris de 1237 se describe de este modo a la mujer: “Y no cabe duda de que, bien mirado, las mujeres hacen gran ofensa a Dios con sus desvaríos y con sus locuras, ya que no se tienen nunca por contentas con los atractivos con que Él las formó”.

Por eso los “textos de belleza” medievales se conservan en tratados de moral y en obras de medicina. Los médicos italianos Aldobrandino de Siena, en el “Régime du Corps” —escrito en francés entre 1234 y 1256—y Lanfranco de Milán en su “Chirurgia Magna” (1270), ya dedicaron una particular atención a los tratamientos de belleza relacionados con la salud, es decir, que sirvieran para “disimular una herida o un defecto físico” ya que el maquillaje era entendido como un “motivo de pecado”.

Ciertamente esto era un modo demasiado apresurado de juzgar a las mujeres, ya que ellas eran prisioneras de un sistema de pensamiento que, por una parte les prohibía el uso de la cosmética y por la otra les imponía “cánones de belleza” absolutamente paradójicos. En el Medievo, la mujer ideal tenía que ser rubia, pálida, con las mejillas de un color rojo vivo, los labios de color rojo, las cejas arqueadas y negras y el cuerpo completamente carente de vello. Esto ultimo también estaba apoyado por la gente de Iglesia porque una mujer con mucho vello o barbuda se la consideraba “medio diablesa” y los tratados de medicina de aquellos tiempos nos explican que el vello es la “condensación de los vapores groseros” porque el exceso de humedad femenina que no se vierte naturalmente se transforma en espuma que es preciso eliminar.

Así pues las mujeres en la Edad Media recurrían a la depilación con tiras de tela impregnadas de resina y destruían los bulbos pilosos con agujas al rojo, o empleaban depilatorios hechos con cal o pez griega. El cirujano Henri de Mondeville ya nos cuenta de aquellos depilatorios que atacaban la piel viva y recomendaba calmar el dolor con aceite de hinojo o de azucenas y agua de tocador obtenida, por decocción de agua, violetas y salvado, o de sauce yaltea

La cosa empezó a cambiar con las Cruzadas en los siglo XI al XIII, que hicieron que se descubriera el uso de los cosméticos del Oriente Próximo y fueron los propios cruzados los que llevaron a sus regiones a partir del siglo XII,los “secretos de seducción “. Los médicos tambien empiezan a presentar tratamientos para el cabello: para dejarlo rubio (a base de azafrán); para evitar su caída (sangre de murciélago) o para darle volumen (caña de azúcar cocida en lejía). Toda mujer, en aquellos tiempos soñaba con una bella cabellera rubia dorada que contrastara con unas cejas negras, y se usaban tratamientos importados de China, India, Persia o de Oriente Próximo porque los mismos empleaban plantas que se podían recoger de los campos y los jardines

Así es como se emplearon la rosa, la cebolla, las hojas de vid o la ortiga hervida, que daban un agua que proporciona un bello color al cabello. Tambien se usaban tintes de bellotas y cuero quemado. El aceite de almendra y la miel aseguraba una piel de bebé y el zumo de limón, edulcorado con azúcar candí, tambien se consideraba un remedio válido para las manos .

León Battista Alberti, autor, entre otras obras, de los cuatro libros “De la familia” (1437-1441) recoge tratamientos de belleza,. Roger Bacon, médico del siglo XIII, en su obra “Flor del tesoro de la belleza”, ya presenta “recetas de seducción” y aquí tenéis otra sacada de una obra atribuida a Manuel Dies de Calatayud (siglo XIV-XV) con la receta de una máscara de belleza del siglo XIV: “Desleíd en leche de harina de guisantes, habas, avena, almendras peladas y semillas de rábano, en cantidades similares”.

Porque su bien mujeres coquetas, eran despreciadas por los clérigos y el maquillaje era motivo de pecado,tambien es cierto que los hombres las rechazaban si eran feas por lo que intentaban embellecerse mientras rezaban oraciones que las ayudaran a escapar de las llamas del infierno.

El siglo XIV impulsó bastante el uso de los perfumes. La razón estaba en que durante este siglo, los doctores durante las plagas de peste visitaban a sus pacientes provistos de una nariz falsa parecida al pico del ave tucán, fabricadas en cuero o papel mache y a las cuales se les impregnaba en vinagres aromáticos en la punta. Esta práctica llevo a que se les conociera como graznadores (quacks en inglés) sinónimo aun utilizado como equivalente a medicucho).

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A fines del siglo XIV ya se conocen los primeros perfumes. El primero y más famoso fue “El agua de la Reina de Hungría”, que según cuentan, le fue regalado a la anciana reina Isabel de Hungría por un monje en el año1.380. La reina que tenía setenta y dos años, estaba bastante enferma y cuando bebió la decocción mejoró y rejuveneció tanto que incluso el rey de Polonia de veinticinco años pidió su mano. La fórmula estaba hecha a base de romero y más tarde amortiguada con lavanda; era una mezcla simple de siete u ocho ingredientes. También como perfumes, se combinaban el almizcle, el agua de rosas, la madera de aloe, la rosa roja, la algalía, la lavanda o el agua de flores de naranja.

Edad Moderna

Llegamos a los siglos XV y XVI y aún continuaba el afán de la iglesia de asociar “maquillaje” a “pecado”. En la obra “La mesa de los pecados capitales”, de El Bosco y en su apartado relativo a la Soberbia, se representa a una mujer ricamente vestida, contemplándose en un espejo que sostiene el diablo.

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Es decir que aún se seguía pensando que al igual que Jano, el dios pagano, la mujer coqueta poseía dos rostros y es el del diablo el que ella distingue reflejado en su espejo. Los cuidados de belleza estaban emparentados con la lujuria y el orgullo y la mujer que se sirviera de ellos se arriesgaba a la condenación eterna. Miremos lo que dice Fray Luis de León en “La perfecta casada” (Salamanca, 1584): “¿Qué pensáys las mugeres que es afeytarse? Traer pintado en el rostro vuestro deseo feo. Mas no todas las que os afeytáis deseáys mal. Cortesía es creerlo. Pero si con la tez del afeyte no descubrís vuestro mal deseo, a lo menos despertáys el ageno”. Los afeites y atavíos curiosos son trajes de “malas mujeres”.

Pero los siglos XV y XVI, alumbran la gran transformación del Renacimiento, una época que, como su nombre indica supone el “renacer” del periodo oscuro anterior, recuperándose los valores griegos y romanos y el gusto por los placeres y la belleza. Los cosméticos son pastosos y de mal olor y como cuenta una célebre belleza del siglo XV, llamada Caterina Sforza, parecen “quesos blancos” porque se hacen a base de grasa blanca y bilis de carnero (como emulsionante), junto con sebo de carnero o grasa de cerdo.

Las europeas del Renacimiento también usaban colorete de labios hecho con escamas desecadas de cierta cochinilla que se criaba en los cactus de México y otros países. Dichas escamas se mezclaban con clara de huevo y alumbre, y luego con yeso blanco o con alabastro molido para formar el lápiz labial. El rojo para las mejillas y para los labios se obtenía a partir del fuco, un género de algas, y con madera de palo del Brasil; las máscaras de noche estaban hechas con harina de habas y para las cremas depilatorias se utilizaba pez griega o, peor, oropimiente (sulfuro de arsénico), cenizas y cal hervida en aceite. El “albayalde de Venecia” (mezcla de albayalde y goma adragante) aseguraba un color cándido, y los productos de belleza astringentes, como las grasas animales, dejaban brillante la piel del rostro y del cuello, y otorgaban color a las mejillas. Las venecianas, además del rostro se maquillaban los pechos, gustaban de los perfumes traídos de Asia, el almizcle, ámbar, sándalo, incienso, mirra y clavo de especias y a partir de la segunda mitad del siglo XV en Venecia, se imprimen los primeros tratados sobre perfumes y cosméticos.

Para lograr un aspecto blanquecino en la Europa renacentista se empleó con fines estéticos otra sustancia venenosa que era la belladona, de cuyo fruto se obtenía un extracto de efectos narcóticos. “Belladona” viene de la lengua italiana y significa “mujer hermosa“, pues cuando se aplica en los ojos dilata las pupilas y las hace brillar pero como contiene atropina, a veces lesionaba el globo ocular y causaba ceguera.

Entre 1620-1705 vivió Ninon de Lenclos que era el seudónimo de una cortesana francesa, famosa por su belleza llamada Anne de Lenclos.

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Se ha dicho que fue la mujer más bella del siglo XVII y cuentan que a los 80 años su piel era tan tersa y suave que parecía como si tuviera 20 y pese a su avanzada edad los muchachos se enamoraban perdidamente de ella. El secreto para mantener su piel siempre joven lo guardó por muchos años. Pero finalmente se lo dijo a varios de sus amigos cercanos. Se trataba de un ungüento casero que se ponía todas las noches. La receta secreta fue revelada en 1710 en un panfleto francés escrito por Jeanne Sauval, la asistente personal de Ninon por más de 50 años y cuentan que este ungüento era tan efectivo para reducir las arrugas como la misma cirugía plástica. La receta original lleva ingredientes como manteca y spermaceti, una cera a base de aceite de ballena. Incluso hoy día, podemos hacer esta receta con ingredientes más modernos pero igual de efectivos. Aquí tenéis un video donde se explica esta receta

También en el siglo XVI Catalina de Médicis, dedicó gran parte de su tiempo al estudio de ungüentos y mezcla de cremas y al convertirse en reina, propulso el arte de la perfumería en Florencia. Así fue como la moda de la cosmético llegó a Francia de su mano y fue una de sus mejore amigas, Catalina Galigai, quien instaló en Paris el primer Instituto de Belleza.

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Edad Contemporánea

Llegamos al siglo XVIII y los perfumistas crean y difunden sus productos por todo el mundo, los envases son de plata, oro, porcelana y laca. El rojo es el color de moda, y vuelven los perfumes florales, agua de rosa, lavanda, naranjo y jazmín. En el siglo XIX se desarrolla el primer jabón comercializado fabricado en 1884 por un tendero de Lancashire llamado William Hesketh Lever. A partir del mismo surgieron marcas famosas de jabones como aquel llamado “Lux” y se impone la naturalidad y las mujeres se perfuman con ámbar, pachuli, y Chipre y productos con fresa, frambuesa, naranja y limón. En el Romanticismo, se siguen usando las leches, las mascarillas, también se emplea la manteca de cacao, pepino, y para lograr la palidez enfermiza, las mujeres beben vinagre y limón y esconden su rostro al sol para preservar su aspecto blanquecino, donde destacan unos ojos grandes y tristes.

Terminamos con el siglo XX con los grandes descubrimientos científicos y el desarrollo de la industria química. Los aceites esenciales que hoy conocemos, fueron descubiertos por casualidad a principios de este siglo (en la década de 1920), por un químico francés llamado René-Maurice Gattefossé quien trabajaba en su laboratorio en la búsqueda de un nuevo perfume, al producirse una explosión que le quemó la mano y ante la desesperación sumergió la misma en un frasco con esencia de Lavanda. Al ver el alivio inmediato que esto le produjo, sumado a que posteriormente no le quedaban marcas de la quemadura, se sintió empujado a estudiar en profundidad las propiedades de los aceites, dando origen a la Aromaterapia.

Suma y sigue… Porque mientras existan mujeres siempre habrá “recetas de seducción

Fuentes:

    Textos de Danièle Alexandre-Bidon, doctor en Historia Medieval

Acerca de mrjaen

La curiosidad es lo que me mueve a escribir

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  1. Yo puta dice:

    No hemos evolucionado tanto. Si Darwin levantara la cabeza…

  2. It’s wonderful that you are getting thoughts from this article as well as from our dialogue made at this time.

  3. Alejandro. dice:

    La pasta de que se servía la reina Cleopatra que menciona el artículo, la cual contiene zumo de bulbos de lirios, miel y cera de abejas, es el tentipelium romano. De esta misma composición hacía uso también la emperatriz Popea, esposa de Nerón.
    La receta de la pomada que usaba Ninón de Lenclos, que aparece en el vídeo, no es la original. La original no contiene zumo de cebolla, sino zumo de bulbos de lirio, igual que el tentipelium. El cambio del vocablo “bulbo” por “cebolla” es debido a un error en la traducción del inglés al español. Muy bueno el artículo. ¡Saludos!
    —Alejandro.

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