
Se cuenta que al estadounidense Samuel Finley Breese Morse se le ocurrió la idea del telégrafo tras un trágico hecho: se encontraba pintando un retrato del general Lafayette en Washington cuando falleció su esposa en Connecticut, pero la noticia le llegó una semana más tarde.

Entre Connecticut y Washington la distancia es de 322,6 millas (519 Km) y este retardo en las noticias no era nada raro. Por ejemplo, cuando el 9.º Presidente de los Estados Unido William Henry Harrison falleció el 4 de abril de 1841 en La Casa Blanca, la noticia de su muerte no llegó hasta Virginia distante solo 112 millas (180 kilómetros) de Washington D.C. hasta dos días después y así la publicó el periódico ‘Richmond Enquirer’ de aquella ciudad el 6 de abril de aquel año.

Pero a la lejana ciudad de Los Ángeles distante de Washington 2.669 millas (4295 kilómetros) aquella noticia no llegó hasta el 23 de julio, es decir 110 días después de haber ocurrido, y es que en la América de mediados del XIX el envío de la correspondencia solía hacerse a través de un servicio de diligencias a caballo.

A Samuel Morse se le había ocurrido la idea de su invento un día de 1836, cuando viniendo de regreso a su país desde el continente europeo escuchó casualmente una conversación entre unos pasajeros del barco sobre electromagnetismo. Porque las bases del telégrafo se basan en la pila voltaica desarrollada en1800 por Alessandro Volta y en los descubrimientos electromagnéticos del primer tercio del siglo XIX con las investigaciones de Ampère (1775-1836), Fraçois Arago (1786-1853) y Christoph Schweigger (1779-1857) que con los trabajos en 1821, del físico inglés Michael Faraday (1781-1867) determinarían que un campo eléctrico oscilante puede generar un campo magnético, estableciendo las conexiones entre la corriente eléctrica y los fenómenos magnéticos.

El principio del telégrafo de Morse era muy simple: bastaba una estación emisora alimentada por una batería en la que al cerrar un interruptor- comúnmente llamado manipulador– se hacía circular una corriente eléctrica hasta un electroimán. El mismo gracias a los principios de induccion hacia que una pieza metálica terminada en un punzón fuese atraída hacia una tira de papel, que se desplazaba con unos rodillos de arrastre. Según la duración de la pulsación del interruptor, aquella corriente podía originar la impresión de un punto o una raya en la tira de papel.

Para interpretar estos puntos y rayas Morse desarrolló junto con su colega el maquinista e inventor Alfred Lewis Vail un código que llevaría su nombre.

Con el código Morse una pulsación larga se interpreta como un ‘guión‘ y una pulsación breve como un ‘punto‘. La duración del punto es de una unidad y la de la raya de tres unidades, significando una unidad el tiempo en el que el manipulador está conectado, cerrando el circuito eléctrico. Así una combinación de puntos y rayas podía servir para asignar letras y números.
Tras este invento Samuel Morse, logró que el Congreso de los Estados Unidos le aprobara en 1843 una asignación de 30.000 dólares para la construcción de una línea experimental de telégrafo entre Baltimore y Washington y el 1 de mayo de 1844 la misma quedó completada. El 24 de mayo de 1844 él mismo hizo la primera demostración pública de su telégrafo enviando un mensaje desde la Cámara de la Corte Suprema en el Capitolio de EE.UU. en Washington, DC hasta el ferrocarril de B & O (ahora el B & O Railroad Museum) en Baltimore a una distancia de 70 kilómetros. Su contenido era una cita bíblica : “What hath God wrought“ (¿Qué nos ha traído Dios?”) sacada del capítulo 23 y versículo igual del Libro de los Números del Antiguo Testamento.


El invento fue todo un éxito y comenzó a extenderse por todas las partes del mundo. Para 1850 el telégrafo eléctrico ya estaba extendido por toda América del Norte, Inglaterra y muchas partes de Europa pero los alambres aéreos siempre se detenían a la orilla del océano porque cuando un cable era sumergido las señales no podían interpretarse bien por ser bastante confusas.

Por eso la necesidad de comunicar dos puntos separados por mares u océanos no se pudo resolver hasta que en 1847 el alemán Werner von Siemens desarrolló un sistema de aislamiento para los cables eléctricos sumergidos obtenido de un material importado en 1842 por un cirujano escocés para ser usado en equipos médicos. Se trataba del látex, una sustancia obtenida de la savia de la especie ‘Palaquium’ originaria del archipélago malayo (Malasia, Indonesia, Borneo, Timor, Java y Papúa) a la que se conoció como Gutta Percha. Era un material flexible e impermeable que otorgaba un buen aislamiento y que se convirtió en el componente crítico de los primeros cables submarinos,

La sección transversal de aquellos primeros cables submarinos estaba formada por unos alambres metálicos exteriores para darles resistencia con un aislamiento de Gutta Percha que envolvía los cables internos por los que iba la corriente. Con este sistema se tendió el primer cable submarino entre Dover y Calais por los hermanos Jacob y John Watkins Brett con su empresa “Submarine Telegraph Company” y en un breve espacio de tiempo, estos cables se extendieron por el lecho del mar Mediterráneo uniendo Europa con África y las islas intermedias.
Tras estos primeros éxitos, en distancias submarinas cortas se pensó el conectar a Inglaterra con América y en 1856 el financiero norteamericano Cyrus Field junto con otros socios formó la Atlantic Telegraph Company, una compañía cuyo objetivo era el tender un cable oceanico entre Terranova e Irlanda. Los gobiernos norteamericano y británico proporcionaron los barcos Agamemnon y Niagara para hacer estos trabajos de tendido de cable.

el último cable telegráfico en el
astillero de Keyham, Devonport, Inglaterra
Era un proyecto faraónico y si aquel señor Field y sus asociados hubiesen sabido los problemas financieros y los desastres que les esperaban con la colocación de este cable, es muy posible que se hubieran retirado de la empresa porque ya en el primer intento, el 5 de agosto de 1857 el primer cable se rompió a 3.200 metros de profundidad. Los destrozos de cable, el tiempo adverso junto con los enredos del mismo en los aparatos de arriado de los barcos eran constantes y a veces, cientos los kilómetros se rompían y tenían que ser abandonados en el fondo del mar.
Pero por fin, tras muchas vicisitudes aquel cable pudo terminarse el 29 de julio de 1858. Era el primer cable submarino trasatlántico que unía dos continentes entre Irlanda y Terranova y el 16 de agosto de 1858 se transmitió un mensaje de saludos de 99 palabras de la reina Victoria de Inglaterra al presidente James Buchanan de los Estados Unidos.

En aquel primer mensaje la reina hablaba de “un vínculo adicional entre las naciones cuya amistad se basa en su interés común y la estima recíproca” al que el Presidente respondió con otro que decía: “es el triunfo más glorioso, porque es mucho más útil a la humanidad, que nada ganado por un conquistador en el campo de batalla. Que el telégrafo Atlántico, bajo la bendición de los cielos, llegue a ser un vínculo de la perpetua paz y la amistad entre las naciones hermanas, y un instrumento destinado por la Divina Providencia para difundir la religión, la civilización, la libertad y la ley en todo el mundo “.

Pero aquel mensaje empezó a pasar por las líneas y no fue completado hasta 16 horas más tarde. La calidad de la señal era malísima y la transmisión se hacía a una velocidad casi inutilizable ya que descifraba el código morse a la velocidad de 0,1 palabras por minuto. Es decir que los mensajes se movían por el nuevo cable submarino a paso de tortuga y una sola letra de morse podía tardar más de dos minutos en ir de un lado a otro.
Era un gran problema este retardo de las señales y nadie sabía cuánto tardaba una señal en llegar a los extremos lejanos del cable, ni cuánta electricidad se necesitaría para llenar este nuevo cable submarino antes que la señal pudiera pasar. Lo que si se sabia era que se puede requerir hasta 20 veces más de electricidad para cargar un cable submarino que uno aéreo y en este punto entró en acción Sir William Thomson más conocido como Lord Kelvin uno de los directores de la compañía nombrado por los accionistas escoceses

Lord Kelvin había estado aplicando el análisis de Fourier al problema del retraso de las señales en los telégrafos de larga distancia, y dedujo la Ley de los Cuadrados como resultado de sus investigaciones en este asunto. En términos simplificados esta ley expresaba que si se multiplica 10 veces la longitud de un cable sumergido, la velocidad de la señal será reducida 100. Por consiguiente la resistencia dependía del área de la sección transversal del conductor (así como de su pureza) y la capacitancia solo podría reducirse aumentando el diámetro del cable submarino.
Tras esta demoledora conclusión Lord Kelvin echó un jarro de agua fría a los promotores de aquel cable atlántico.Todo el tendido era inservible y la solución que él presentó fue la de hacer un nuevo tendido de cable aumentando el tamaño del centro conductor con lo que se podría reducir el tiempo de envío de un mensaje de diecisiete horas a aproximadamente una hora.
Pero… ¿cómo justificar que una inversión de muchos millones de dólares en capital privado debía de ser abandonada y hundida en las profundidades del Atlántico.? No era fácil asumir estas pérdidas y presentar a los inversores la realidad de que aquella inmensa fortuna gastada en el primer cable trasatlántico debía de sacrificarse dejando más de 3.000 Kms de cable en el fondo del mar.

Y es entonces cuando surge la figura de Edward Orange Wildman Whitehouse. Un “tonto útil” del cual la sociedad gestora de este primer cable submarino se aprovechó gracias a un garrafal error que cometió.
El protagonista de nuestra historia: “Wildman Whitehouse«, como solía llamarse a sí mismo era un hombre inteligente con gran curiosidad científica, que le llevó a registrar entre 1848 y principios de la década de 1880, hasta 35 patentes de inventos que iban desde la telegrafía hasta los patines pero también era el perfecto ejemplo del científico “caballero victoriano” soberbio y ególatra,que creía en su propia sabiduría.
Era un cirujano de profesión que en 1856 había abandonado una práctica exitosa de la medicina para dedicar su tiempo a la ciencia de la electricidad y en 1856 fue contratado por la Atlantic Telegraph Company que le asignó la responsabilidad de las pruebas de los cables 1857/58, y el diseño y operación del equipo que transmitiría las señales telegráficas entre Irlanda y Terranova.
Cuando este hombre se encontró con el problema del retardo de las señales decidió desafiar enérgicamente la ley de los cuadrados de Lord Kelvin y se inventó una nueva teoría de la propagación eléctrica que en pocas palabras podría describirse como: “cuanto más lejos tiene que viajar la electricidad, mayor es la patada que hay que darle para enviarla”.
Y dicho y hecho. Nuestro hombre, sin consultar con nadie decidió unilateralmente aumentar el voltaje de transmisión de aquel cable submarino de los 600 voltios que tenia hasta los 2.000 voltios. El resultado fue tan desastroso que en vez de mejorarse el rendimiento lo que consiguió fue que se destruyese el aislamiento de aquel cable submarino. El cable falló y quedó inservible a poco menos de un mes de haber sido inaugurado
Con esta metedura de pata, nuestro amigo Whitehouse le había dado a la empresa Atlantic Telegraph Company la excusa perfecta para abandonar en el fondo del mar un cable que ellos ya sabían inservible. Es decir le hicieron “comerse el marrón” y hacerlo el chivo expiatorio del fracaso de aquel cable en 1858.
Por eso, tras este desastre la única represalia que hubo contra él por la Junta de Directores de la Compañía fue la de despedirlo con fecha 17 de agosto de 1858, un despido, sin ninguna exigencia de responsabilidad económica
Whitehouse respondió públicamente a las acusaciones a través de una serie de cartas en los periódicos británicos Daily News y The Times. La diatriba probablemente no ayudó a su caso pero eso no impidió que siguiera trabajando en la industria del cable ya que en 1861 fue consultor durante varios meses en el proyecto de cable Malta-Alejandría para Glass, Elliot, & Co., en el que trabajó con Henry Clifford. Esta claro que no quedó excesivamente tocado por su presunta responsabilidad en un desastre tan grande pero si recibió todas las culpas y quedó marcado por la destrucción de aquel cable hasta el final de su vida
El tiempo, que pone siempre las cosas en su sitio, recientemente ha desmontado todas las historias que decían que el cable de 1858 fue destruido por las acciones del señor Whitehouse , al aplicar voltajes muy grandes para agilizar la transmisión en el cable atlántico. Cometió – indudablemente-un gran error pero Donard de Cogan lo ha rehabilitado en un trabajo titulado “Dr. EOW Whitehouse y el cable transatlántico de 1858”

Cogan durante una visita a Irlanda, descubrió una sección de aquel cable de 1858 que se había levantado del océano y que había permanecido en manos privadas.

La característica más llamativa de aquella sección del cable era la de que los hilos se encuentran a menos de un milímetro de la extremidad exterior del aislamiento de la gutapercha. Cogan sugiere que en una atmósfera cerrada como la bodega de un barco, la gutapercha (que estaba lejos de ser pura) podría haberse visto afectada por una fermentación bacteriana y en base esta teoría,sugiere que la falla de aquel cable atlántico de 1858 pudo deberse en gran parte al deterioro del mismo antes de ser colocado en lugar de por el uso equivocado de Whitehouse de potenciales excesivos.
Porque la gutapercha de alta pureza tiene una resistencia dieléctrica de 200-300 kV / cm. (Tablas críticas internacionales, vol. 2, p. 294 y The India Rubber journal, 8 de abril de 1944, pág. 393). Con esta base Cogan sostiene que si la gutapercha de 1857/8 no hubiera estado defectuosa podría haber soportado los 2,000 voltios que le metió Whitehouse
Naturalmente Whitehouse cometió un tremendo error pero-sin querer- les hizo un gran favor a los propietarios del primer cable atlánticos al cargar con todas las culpas por la destrucción de aquel cable. Quizás fue una suerte que se convirtiera en el chivo expiatorio de aquel desastre porque como aquel cable estaba condenado a fallar de todos modos si la comunicación hubiera cesado sin ninguna explicación nadie se habría atrevido posteriormente a invertir en cables submarinos.
Habría que esperar otros seis años, para ver el siguiente intento de conexión transatlántica y este segundo ya fue fructífero porque se siguieron Lis consejos de Lord Kelvin, Después de esta segunda incursión, las telecomunicaciones siguieron avanzando y a final del siglo, XIX, 15 cables ya cruzaban el Atlántico, sentando los cimientos de la gran red de cables submarinos que existen en la actualidad.

Actualmente más de 1.000 millones de metros de cable submarino recorren los mares y océanos y un moderno cable transatlántico de fibra óptica puede transmitir hasta 40 terrabits por segundo. Gracias a la “metedura de pata” del señor Whitehouse en los últimos ciento cincuenta años, nuestra capacidad de transmitir la información por medio de cables submarinos ha mejorado aproximadamente en 13000000000000x.
Fuentes: Atlántic Cable