Josephine Baker: la extraordinaria vida de una bailarina y espía

Si hubo alguna vez una mujer luchadora por la igualdad de los derechos femeninos y con el claro objetivo de que la gente aprendiera a vivir en paz y sin prejuicios esa fue Freda Josephine MacDonald, que con el nombre artístico de Josephine Baker llegó a ser una de las estrellas más grandes y brillantes del mundo del espectáculo y uno de los íconos culturales más famosos de la primera mitad del siglo XX.

Merece la pena conocer la vida de esta mujer afroamericana que nació pobre en Missouri y llegó a ejercer de espía para Francia durante la Segunda Guerra Mundial mientras la fama la precedía a lo largo y ancho del globo. Podemos definir esta historia como la de una mujer que ayudó a ganar la guerra con su ropa interior.

Josephine Baker nació en St. Louis (Missouri) el 3 de Julio de 1906 . Su madre, Carrie McDonald, de origen senegalés y mitad negra y apalache, era una formidable bailarina que incluía en sus números pequeños alardes acrobáticos como ejecutar un baile con un vaso de agua en la cabeza, sin derramar ni una sola gota. Su padre Eddie Carson, tocaba la batería en bares honky-tonk y este matrimonio representó durante algún tiempo espectáculos de canto y baile en salas y bares de Missouri, hasta que, apenas unos meses después de que Carrie diese a luz a Josephine, Eddie las abandonó y la mujer, tuvo que verse obligada a trabajar como lavandera para mantener a su familia

La pequeña Josephine a la edad de 3 años

Tumpie, como llamaban a Josephine por sus grandes mofletes, acabó criándose con su abuela materna Elvira McDonald y sus hermanastros Richard, Margaret y Willie May. Con una vida de miseria tuvo que madurar muy deprisa y a los siete años ya trabajaba para ayudar a su madre como criada en casa de una desaprensiva señora blanca, que, a cambio de un techo y algo de comida la explotaba. Sufrió golpes y abusos y tenia que dormir en un caja de madera en el sótano de la casa con la única compañía de un perro tullido al que llamaba Tres Patas hasta que un día que tuvo un descuido en la cocina, porque se le cayó un plato al suelo su jefa le metió las manos en una olla de agua hirviendo y acabó en el hospital.

Era la época de las peores revueltas racistas vividas en Saint Louis con tiempos brutales, para los negros y ella con once años pudo presenciar la masacre de San Luis de julio de 1917. Unos disturbios raciales en los que los blancos se echaron a la calle para matar negros en venganza por el asesinato de una niña de su raza y durante dos días fueron asesinados centenares de negros quemando sus casas y expulsando a más de 6.000 de ellos. Aunque ella y su madre se libraron de aquella purga, el ver a sus amigos morir ante sus ojos fueron unas imágenes que nunca se borraronde su mente y que guardó durante el resto de sus días, como una herida incurable.

También fue testigo del nacimiento y el desarrollo del jazz, aquella música que resultaba tan desafiante y tan invitadora al desorden que -según la novelista afroamericana, y premio Nobel de Literatura, Toni Morrison– «el sólo escucharla equivalía a violar la ley«. Aprendió a bailar en las calles de su ciudad natal y dejó precozmente a su familia para unirse a una troupe de artistas negros, llamada los Dixie Steppers, con la que subió por primera vez a un escenario, a los 13 años, interpretando el papel de Cupido.

A esa edad ya estaba casi emancipada, y trabajaba como camarera en el Old Chauffeur’s Club donde conoció a Willie Wells, un músico ocho años mayor que ella, y con el que se casó ese mismo año. Esta relación apenas duró unos meses, puesto que no tardó en divorciarse, pero Josephine ya sabía que si algo podía sacarla de la pobreza era su don para el baile y en cuanto le dieron la primera oportunidad para subirse a un escenario, nunca más se bajó del mismo.

Esta oportunidad le llegó en 1921, cuando se fue sola a Nueva York, aprovechando la oportunidad que se le presentó para formar parte del coro del prestigiosísimo espectáculo Shuffle Along donde enseguida destacó como solista cómica en unos números en los que improvisaba, se parodiaba a sí misma y al charlestón, y daba rienda suelta a todos sus recursos expresivos y rítmicos hasta el punto de que, como alguien escribiría más tarde, «no parecía que acompañara a la música, sino que la música nacía de ella«.

Uno de sus momentos icónicos era el ponerse bizca mientras bailaba el Charleston añadiendo elementos de bailes africanos, comentarios culturales y jugando con los estereotipos del público blanco como si en los tiempos de los años 50 del pasado siglo hiciésemos una especie de cruce entre Marujita Díaz y Lina Morgan, con sobredosis de rayos UVA.

Durante aquellas actuaciones deformaba el rostro, se ponía bizca, hinchaba los carrillos y hacía ruidos en un tono muy agudo, abriendo las piernas y los brazos y desplegándolos como si estuvieran dislocados, creando un baile propio en el que se descoyuntaba como si cada uno de sus miembros bailasen un ritmo distinto, pero Josephine Baker, a pesar de este espeluznante catálogo de payasadas, no sólo era cómica, sino también un personaje sensual, explosivo, perturbador y provocativo que ella se tomaba a broma, respondiendo de esta guisa cuando se referían al erotismo que desprendía sus actuaciones: «¿Hermosa? Todo es cuestión de suerte. Nací con buenas piernas. En cuanto al resto … hermoso, no. Divertido, sí«,

En una de aquellas giras conoció a Willie Howard Baker un guitarrista de blues, y con tan solo 15 años volvió a casarse. Este segundo matrimonio tampoco le duró mucho porque ella tenía menos ganas de ser mujer casada que de ser una mujer independiente y desoyendo todos los consejos en 1925 dejó a este segundo marido y se fue a Broadway aunque se quedó con su apellido de casada que sería para siempre su famoso apodo artístico

Josephine hacia 1926

Eran los primeros años de esplendor del mítico movimiento conocido como Harlem Renaissance, con templos legendarios como el Cotton Club y el Savoy Ballroom y con 18 años, Josephine Baker actuaba ya en unos de esos clubs míticos, el Plantation Club. Allí fue donde Caroline Dudley, una norteamericana que vivía desde hacía años en París y a la que se le había encargado reclutar en Manhattan artistas para un espectáculo de canto y baile negro, le ofreció viajar a Francia y actuar en la Revue Nègre

Aquel show era un revolucionario espectáculo de revista formado exclusivamente por personas de raza negra y cargado de estereotipos raciales a ritmo del jazz de Sidney Bechet (uno de los músicos favoritos de Woody Allen, que incluso le puso su nombre a una de sus hijas). Caroline le hizo a Josephine la siguiente oferta: sería la estrella absoluta de este espectáculo con un sueldo de 250 dólares a la semana y ella aceptó viajando a Francia donde su vida cambiaría para siempre.

Y su gran salto a la fama ocurrió en París el 20 de octubre de 1925, Formando parte del elenco de aquella Revue Nègre, aquella noche, en el Teatro de los Campos Eliseos los refinados y vertiginosos parisinos de los alocados años 20 quedaron boquiabiertos ante una criatura que vistiendo solamente un sostén y una falda hecha de bananas incrustadas con piedras brillantes bailaba sobre el escenario la Danse Sauvage («Danza salvaje») con la desnudez acharolada de un animal exótico y la flexibilidad aerodinámica de un deportista.

Josephine Baker vestida para su famoso «baile de la banana”. GETTY IMAGES

Aquella noche de estreno fue ovacionada 12 veces.Su espasmódica forma de bailar y su cuerpo desnudo cubierto tan sólo por la escueta falda de bananas de tela, extasiaron a los parisinos y pronto su espectáculo se convirtió en un éxito fulminante que generó imágenes icónicas que más de 70 años después homenajearía Beyoncé, una de sus grandes fans.

Josephine Baker había cambiado las reglas del music-hall con una deslumbrante mezcla de desvergüenza y genio y su arte lleno de heterodoxia y exotismo, mostraba al público los brillos extraños y seductores de un mundo que a muchos se les antojaba remoto y profundamente excitante. Coincidió con el auge del Art Déco un movimiento que se dejaba seducir por el primitivismo africano, y, en general, con todo lo que resultara diferente y exótico y se integró perfectamente en aquella “nouvelle vague” de vanguardia sin ningún miedo de adoptar y subvertir muchos de los estereotipos que los franceses tenían con las personas negras, a las que asociaban indefectiblemente con la cultura africana.

En la puritana América habrían pensado que estaba loca. ¿Una mujer bailando desnuda cubierta sólo por plátanos?, ¿una mujer negra siendo la artista más cotizada de la capital cultural del mundo? Pues si, e incluso el mismo Picasso, en cuya revolucionaria pintura -como en la de otros grandes artistas de la época- aparecía con osada precisión la pureza de los rasgos africanos- la definió de este modo: «Alta, piel café, ojos de ébano, piernas del paraíso, una sonrisa para liquidar a todas las sonrisas«

No faltaron tampoco las fuertes críticas y hubo alguien que, alarmado por la supuesta contaminación de oscuro primitivismo que el baile de Josephine Baker provocaba en los refinados europeos escribió esto sobre aquella Danse sauvage: «Nos hace regresar al mono en menos tiempo del que nos llevó descender de él«. El escándanlo estaba servido

Josephine con Chiquita GETTY IMAGES

Y para reforzar la imagen salvaje de Josephine su productor incorporó al espectáculo una impresionante hembra de guepardo a la que llamó Chiquita. Cuando el show acabó, ella se quedó con el felino y ambos terminaron haciéndose inseparables. Colocó al animal un costoso collar de diamantes y no contenta con ello también se rodeó de otros animales de compañía como una cabra a la que llamó Toutoute que vivía en el camerino de su club nocturno, un loro con el que hablaba antes de salir a escena, una boa y un cerdo de nombre Albert que puso en su cocina y al que perfumaba con Je Reviens, el perfume más chic de aquel entonces. Con estas extravagancias la devoción de las mujeres parisinas llegó a tal extremo que muchas de ellas se untaban crema de nueces en su piel para parecerse a Joséphine

Josephine Baker sabía que desde los grandes escenarios del music-hall podía ganarse el corazón de la gente y elevar al más absoluto estrellato su arte ondulante, rítmico, osado y risueño y desde el escenario lleno de plumas y lentejuelas del Folies Bergère reinó absolutamente durante unos años sobre la noche de París, sucediendo en la devoción de los burbujeantes noctámbulos a estrellas tan exquisitas y arrolladoras como la gran Mistinguett.

Todas esas contrariedades, y en especial las que se referían a la segregación racial, las enfrentó con mucho coraje. Aunque pecase de caprichosa y extravagante con aquel poderío lo que en realidad ella buscaba era enfrentarse a las políticas segregacionistas de la época y a los modos más o menos enmascarados de segregación racial y xenofobia.

Las excentricidades de Joséphine fueron muy numerosas y nuestra protagonista tuvo romances con decenas de hombres y unas cuantas mujeres. En París también tuvo un puñado de amantes entre las que se encontró Colette, perejil de todas las salsas parisinas, y a aquella dualidad amorosa dedicó su canción más famosa, J’ai Deux Amours (Tengo dos amores), que los más inocentes creyeron que se refería a EEUU y Francia.

Diariamente recibía propuestas de matrimonio de decenas de pretendientes pero hubo un hombre en su vida que pesar de sus dos fugaces e insignificantes matrimonios anteriores se convirtió en su esposo ‘in pectore’ y que prácticamente actuó como su “tercer marido ” Se trató del llamado Conde Pepito de Abatino,

Josephine Baker con el Conde Pepito de Abatino

Aunque se hacía llamar pomposamente por este título, su nombre verdadero era Guiseppe Abatino, y en realidad era un albañil siciliano pero a Josephine Baker le gustaban sus ojos profundos y su boca carnosa y ambos se convirtieron en una pareja inseparable. Juntos abrieron la discoteca Chez Joséphine, que se convirtió en uno de los centros de referencia de la noche parisina donde Josephine suprimió la frontera entre ella y el público, y sus incondicionales se gastaban allí pequeñas fortunas por tenerla cerca mientras corría el champán y el caviar

Como Josephine era consciente de que su número, aunque impactante, en realidad era poco variado, y podía saturar enseguida el interés de la gente, decidió emprender una ruidosa gira mundial y bajo la protección, el mimo y el talento para las finanzas de Pepito de Abatino en menos de tres años recorrió toda Europa, para saltar después a Latinoamérica derramando su glamour, su silueta picante y sensual, y su repertorio de baladas americanas y canciones nostálgicas francesas

En este largo recorrido no le faltaron algunos sobresaltos como cuando vino a España y en la Semana Santa sevillana salió corriendo despavorida al ver a los nazarenos encapuchados, que le recordaron a los energúmenos racistas del Ku Klux Klan y en Viena fue víctima de un creciente sentimiento antinegro. También en Argentina algunos la calificaron como «el demonio de la inmoralidad«

En 1935 volvió a Estados Unidos. Había triunfado en Francia y quería probar suerte en su propia tierra, para demostrar a dónde podía llegar una niña paupérrima de Misuri, pero los tiempos no habían cambiado tanto y allí volvió a sentir el desprecio de sus compatriotas. Algunos hoteles y restaurantes estadounidenses rehusaron recibirla, y se veía obligada a entrar en su hotel por la puerta de atrás y la revista Time afirmó que su actitud era demasiado altiva ante los blancos Además el enorme tamaño de los teatros en los que actuó no era el más adecuado para su escaso registro vocal por lo que esta gira no le fue bien y fracasó por primera vez en su vida. Para rematar la desgracia su amado compañero Pepito que estaba gravemente enfermo falleció antes de que el espectáculo fuese cancelado.

Josephine Baker y Jean Lion

Retornó a Francia decidida a no volver a los Estados Unidos y poco después conoció a Jean Lion, un industrial parisino con el que se casó adoptando la nacionalidad francesa. Aquel país la adoraba y respetaba por su osadía contra el racismo pero este nuevo matrimonio tampoco cuajó y no superó el primer año. No obstante su regreso a Francia supuso un nuevo éxito y Janet Flanner, la cronista de The New Yorker en París, describió su nuevo espectáculo en el Olympo de París de esta manera: tiene tantas escaleras como un sueño freudiano, posee coros de bailarines importados de Inglaterra, un ballet ruso completo, palomos amaestrados, un guepardo vivo, montañas rusas. el más bonito decorado veneciano del siglo, hectáreas de hermosos vestidos, los cuatro mejores bailarines de can can en cautividad, un número de suspense en el que Miss Baker es rescatada de un tifón por un gorila y un ballet aéreo de pesadas señoras italianas rebotando sobre alambres”.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Baker dejó de lado la actuación y los exóticos vestuarios que la hicieron famosa para hacer algo que pocas estrellas e íconos de la moda harían: calzarse un uniforme y durante la invasión de Francia por los alemanes se forjó su vistosa leyenda de espía a lo Mata Hari.

La “nueva Josephine”. Guerrera como siempre

La historia es la siguiente: Un año antes de que los nazis invadieran París recibió la visita de un miembro de la inteligencia francesa que sabía que su popularidad le permitiría acceder a cualquier lugar y le ofrecieron reclutarla para su servicio de espionaje. Josephine no se lo pensó dos veces y su respuesta fue: «Francia es el país que me adoptó sin reservas. Estoy dispuesta a dar mi vida por ella«. Así, mientras la mayoría de los expatriados abandonaban París rumbo a Estados Unidos, ella continuó con su show. En septiembre de 1939, Josephine se unió al Deuxième Bureau, la agencia de inteligencia militar francesa

Después de que los alemanes invadieran Francia, Josephine se negó a actuar para ellos. Abandonó París y alojó a los miembros de la Francia Libre en su casa de Dordogne, proporcionándoles visados. Sus actuaciones eran la mejor excusa para desplazarse por una Europa en guerra y su estatus le permitía acceder a las embajadas y las casas de los ricos y poderosos, en definitiva, a los centros de poder donde con su proverbial simpatía obtenía información importante para los Aliados sobre los campos de aviación, los puertos y las tropas alemanas en el oeste de Francia. Escribía los informes con tinta invisible en sus partituras,y llevaba documentos en su ropa interior. Nadie la registraba y todos le pedían autógrafos. Así de esta manera viajó por toda Europa y parte de África, y en Casablanca colaboró con una red que permitía la huida de judíos a Sudamérica. Además de su trabajo como espía, Baker también se ofreció como voluntaria para la Cruz Roja como enfermera y como piloto. Se jugaba la vida espiando cantaba y encima bailaba para las tropas, gratuitamente, por supuesto.

Esta vida tan ajetreada y clandestina le ocasionó una vez en el norte de África un aborto espontáneo que estuvo a punto de matarla porque le provocó una infección tan grande que tuvieron que hacerle una histerectomía completa. Pero este heroísmo tuvo también su premio y Josephine recibió varios honores militares por su trabajo durante la guerra, como la Croix de guerre, la Rosette de la Résistance, la medalla conmemorativa por el servicio voluntario en la Francia Libre y la medalla de la Resistencia. También fue nombrada Caballero de la Legión de Honor por el General Charles de Gaulle.

Jo Bouillon y Josephine Baker

Tras el final de la contienda se casó nuevamente, esta vez con el músico Jo Bouillon y su carrera alcanzó nuevas cotas. En 1951 fue invitada de nuevo a los Estados Unidos y su gira comenzó de forma espectacular, con críticas muy favorables y fans entusiastas pero el racismo seguía vigente y en Nueva York se le negó el acceso a 36 hoteles por el color de su piel. Lo mismo sucedió en Las Vegas pero pesar de ello, ella estaba obcecada con triunfar en su tierra e inició una gira en la que había una cláusula ineludible: no actuaría en locales segregados sea cual fuese la cantidad que le ofrecieran. En Miami le ofrecieron un cheque de 100.000 dólares pero se negó y tuvieron que aceptar la presencia de hombres y mujeres negros entre el público o la diva se iría. La gira estadounidense de Baker culminó con un desfile frente a 100.000 personas en Harlem para honrar su título de «Mujer del Año» de la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color.

Aquella aventura americana tuvo un desagradable final por un incidente en el Stork Club de Manhattan. Josephine fue a celebrar su éxito a este restaurantes, uno de los más exclusivos de Nueva York, y tras una hora de espera sin que nadie la atendiera se fue humillada. No fue la única mujer que abandonó aquel el local enfadada, porque a pocas mesas de distancia una joven rubia había presenciado la escena y había reconocido a Baker; se levantó, la agarró del brazo y salió con todos sus amigos no sin antes jurar que no volvería nunca más a este local. Aquella joven que empezaba a ser conocida por sus papeles en televisión se llamaba Grace Kelly.

Josephine Baker con Grace Kelly y el príncipe Rainiero.
© GETTY IMAGES

Donald Spoto describe el incidente en High Society: The Life of Grace: “estaba tan indignada por esta exhibición de racismo que corrió hacia Baker, a quien nunca había conocido, la tomó del brazo y salió con su propio grupo de amigos, diciéndole a la prensa que nunca volvería a Stork Club ; ella nunca lo hizo. Grace Kelly y Josephine Baker se hicieron amigas en el acto.”. No fue la última vez que correría en su ayuda.

Josephine, denunció al dueño de aquel club y lo acusó de racismo. El periodista Walter Winchell, uno de sus más furibundos enemigos la llamó comunista (lo peor que se podía decir en ese momento de alguien en los Estados Unidos) y también Josephaux, (Josefalsa) y ramera negra. Al final su nombre se sumó a una lista de personas no gratas del gobierno y del Buró Federal de Investigaciones (FBI) y tras ser acusada de simpatía comunista se le retiró su visa de trabajo teniendo que abandonar los Estados Unidos y a regresar a Francia. No se le permitió volver a Estados Unidos durante casi una década.

Para demostrar que las razas podían convivir realizó su propio experimento: adoptar a 12 niños de países de todo el mundo de todas las razas y edades y se instalaron en su residencias de Château des Milandes en el valle de Dordoña en Francia. Aquello fue conocido como La Tribu Arcoiris, en honor a las doce tribus de Israel y Baker cobraba a los visitantes por ver cómo su troupe vivía unida y sin problemas, incluso realizaban pequeñas actuaciones para deleitar a los visitantes que podían alojarse en las habitaciones de aquella pequeña ONU

Josephine Baker con sus hijos.
© GETTY IMAGES

En esta última etapa de su vida sus finanzas ya empezaban a estar muy deterioradas y en 1961 se divorció por cuarta vez y poco después se declaró en bancarrota pero pese sus problemas económicos tuvo la alegría de que en 1963 Estados Unidos le levantase el veto y pudo regresar de nuevo a su país y asistir a la legendaria Marcha sobre Washington de Martin Luther King. El día que aquel el líder negro pronunció su célebre “Yo tengo un sueño…” ella estaba allí, orgullosa y ataviada con su uniforme militar y sus condecoraciones

Un año después sufrió dos infartos y una embolia debido al estrés y con una deuda de más de medio millón de dólares le embargaron su castillo y tuvieron que desalojarla a la fuerza permaneciendo siete horas sentada a la puerta de su castillo sola y bajo la lluvia

La “última resistencia “ de Josephine Baker. Fuente Le Chevalier

Esta imagen conmocionó a Francia: su gran estrella estaba literalmente en la calle. Pero, como había pasado casi dos décadas antes, una mujer le ofreció su brazo para apoyarse: era su amiga Grace Kelly. ya convertida en la Princesa Gracia de Mónaco, que le consiguió una casa de cuatro habitaciones en el Principado y junto a su marido Rainiero la ayudó a relanzar su carrera.

Así, de nuevo conquistó al público, y durante la conmemoración de sus 50 años sobre el escenario se agotaron las entradas y hubo que utilizar sillas plegables. Entre los asistentes estaban Liza Minnelli, Diana Ross, Sophia Loren y Mick Jagger.También tuvo tiempo de volver a España invitada por Sara Montiel y su último espectáculo “Bobino” la llevó de nuevo al centro de París. en 1975. Las críticas fueron unánimes: seguía siendo inmensa pero días después de aquel estreno, el 12 de abril, de aquel año la encontraron muerta en su cama. Tenia 69 años y había sufrido otra embolia. Fue enterrada con honores militares en Mónaco.

Pero su esfuerzo no ha sido en vano porque el 30 de noviembre del pasado año a Josephine Baker, nuestra gran artista francesa nacida en Estados Unidos, heroína de guerra y activista de los derechos civiles, Francia volvió a agradecerle su labor, otorgándole un espacio en el mauseolo reservado a las grandes personalidades de este país. Así ha sido la primera mujer negra en ser honrada en el mausoleo del Panteón de París uniéndose a las filas de casi 80 célebres héroes franceses, entre ellos la científica Marie Curie, doblemente premiada con el Nobel, y el emblemático escritor Victor Hugo.

Un hermoso gran final para una extraordinaria mujer cuyo espíritu, tesón y lucha pasaron a ser leyenda. Lo único que deseo es que su máxima ambición llegue algún día a cumplirse: “que el color de la piel no signifique nada porque todos los hombres nacen libres

Fuentes

Peggy Caravantes The Many Faces of Josephine Baker: Dancer, Singer, Activist, Spy

Josephine Baker: La historia de un despertar‘ (2018), Liana Navaro.

Vanity Fair

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